Aquellos maravillosos años...
Todos alguna vez hemos estado en una situación de tensión. Creemos estar en una incertidumbre constante donde los nervios y la histéria hacen mella en nuestra personalidad, es una batalla de supervivéncia: si tienes la cabeza bien amueblada y consigues mantener la calma, saldrás a flote, pero si en cambio te dejas dominar por el pánico, tus preocupaciones se apiadarán de tí y no tendrán escrúpulos contigo.

Hace casi cinco años me ví en una situación semejante. Jugaba a balonmano, veníamos de hacer una temporada inmaculada en nuestro último año como infantiles y estabamos convencidos de que la categoría cadete sería un paseo para nosotros, que lo ganábamos todo. Pronto nos dimos cuenta de que éramos la última mierda, el peor equipo y que haber ganado algo nunca te aseguro tu existéncia.

En Almendralejo, paliza. En Villafranca, paliza. Plasencia, paliza, Cáceres, otra paliza...así todo el año, a remolque, jodidos. Hasta que en diciembre ganamos dos partidos que nos supieron a gloria, pero que no maquillaban el más profundo de los dolores que sentía: la impoténcia. Los primeros partidos creíamos que era todo por el paso de categoría a una nueva, pero cuando pierdes seis partidos seguidos de paliza, no es sólo el cambio, sino que hay algo más. Los entrenamientos se hacen mas monótonos, el humor empezó a cambiar, y, los viajes por aquellas carreteras que ántes los hacíamos por placer, ahora los hacíamos con miedo, pensando y temiendo por dónde estallaría la nave una vez en la pista.

Recuerdo un partido contra Mérida, el último de la primera vuelta. En dos meses perdimos a un compañero y el padre de nuestro capi falleció. Era diciembre, eramos últimos, con cuatro puntos y estábamos antepenúltimos en la clasificación. No discutíamos, el sentimiento de resignación era tan grande que nos legaba a paralizar. Sentíamos vergüenza de nosotros. Alguna vez ví a mis padres en la grada y sentía que estaban perdiendo el tiempo allí.

En los trece partidos siguientes, empatamos dos sólamente, y en la última jornada nos lo jugábamos todo a un partido contra Mérida. El derbi. Allí sufrimos el peor arbitraje inimaginable. Me acuerdo que en el pabellón no había marcador y que los árbitros llevaban los goles, pero cada uno de una manera diferente. Los locales caldearon mucho el ambiente, por internet y las esquinas era un hervidero de gente. Perdimos, de dos goles, y vimos cómo alguno de nosotros fuimos zarandeados e insultados. Algunos estallamos y nos enfrentamos, otros se fueron, y otros recibieron una hóstia con un casco de moto...y queríamos venganza, pero a nuestra manera...y esa llegó el día en el que nos jugábamos seguir en primera o bajar al pozo de segunda...si ganábamos, tocaríamos el cielo. Si perdíamos, el abismo nos tragaría sin preguntar.

Al llegar al vestuario, cada uno sabia el papel de la función. Unos, a marcar goles, otros, a defender, unos más a pasar...y la gente, a animar. El partido estubo enpatado, pero ganamos como hacen sólo los grandes o el Atleti. En el último minuto, y con sangre fría. Quedan cuarenta segundos, perdemos de uno y pitan penalti. ¿Quién lo tira?, dáselo a él. ¿Seguro, Berni?. Seguro.

Llego a la línea de siete metros. Boto la bola, una, dos tres veces y la acaricio con los dedos, la vuelvo a botar. Me coloco, arqueo la espalda, alzo el brazo con la bola y clavo el gol en el extremo del poste derecho. Corro hacia atrás, vuelvo a mi posición. Jorge roba la bola, la pasa a chapa. Ventiún segundos, abrimos el campo, cinco segundos, paso a Pedro y...gol.

Dos segundos. Pita el árbitro y saltamos, lloramos, nos cagamos en la madre que parió a los que decían que no valiamos nada, que éramos ya de segunda. Toda la presión, la tristeza, el pánico, y la agonía las ahogamos en ése momento para ser los chicos más felices del mundo. Nos dimos cuenta de que las ganas que teníamos de salir de ésto nos las dábamos los unos a los otros y que, gracias a ello, salimos del pozo...

Aquí dejo una pequeña historia y su posterior reflexión, que ahora, con el paso de los años, la he conseguido descifrar: Todo es posible, todo está por hacer. Hay que fracasar y sufrir demasiado para ver tus objetivos cerca.


...ya he aprendido bastante, 
ahora solo me queda poner en práctica
todo lo que me han enseñado... 
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